sábado 29 de mayo de 2010

Música maravillosa... y engavetada


El público es caprichoso. Es el que decide, aunque no lo sabe. La tesis de que las audiencias consumen lo que se les suministra es cierta, pero sólo hasta cierto punto. No creo que exista tal aguja hipodérmica. Creo que simplemente se trata de un limitado menú. Si hay que establecer culpabilidades sobre lo que Fito Páez llama “aniquilación cultural”, sólo es posible llevar a la sala de interrogatorios, con lamparita y todo, a los medios de comunicación, especialmente a los televisivos y a los musicalizadores de emisoras radiales; y al Estado, como siempre.

La audiencia no debe ser cuestionada, porque la audiencia no se toca. Fue la juventud estadounidense de los 50 la que aprobó a Elvis Presley, y a los exponentes del rock n’ roll, soul, R&B y lo que le siguió. Fue el público hispanoamericano el que deliró por la Fania All Star y, años después, por Soda Stereo. Los mismos corazones palpitaron con rapidez cuando escucharon el sabor de La Dimensión Latina, o vieron a Michael Jackson bailar “Billy Jean”. No hay una desconexión. Somos hijos, nietos y bisnietos de gente que creció inmersa en fenómenos culturales que hoy consideramos como buenos, positivos, y todos los adjetivos posibles: trascendente, fascinante, único. Claro, la afirmación –“la audiencia no debe ser cuestionada”- requiere de una ecuanimidad suprema, porque da cabida a fenómenos kitsch como Arjona y gomas de mascar como Paulina Rubio. Pero los espectadores finales son quienes juzgan, escogen, disfrutan o aborrecen. Lo demás son críticos, reporteros, musicólogos, estudiosos y gente a la que le pagan poco por lo que hace.

El disparador de este texto, que no pretende ser la introducción de un análisis de consumo cultural sino simplemente un ensayo reflexivo, fue la vitrina de la librería principal del aeropuerto El Dorado de Bogotá. El estante muestra en primer plano a numerosos artistas colombianos, desde lo más pop hasta las profundidades del vallenato y otras corrientes autóctonas de ese país. De inmediato recordé un grupo de discotiendas surtidas ubicadas en la Calle de Los Talleres, a unas cinco cuadras (ramblas) del dedo índice de Colón que señala hacia nosotros, en Barcelona, España. Las etiquetas indicaban, en la sección de “Música Étnica, World Music y otras variantes” un apartado de Música Popular Brasileña, otro de Rock Argentino, y otros menos dotados, dedicados a México y Colombia. De Venezuela, nada. No existen Los Amigos Invisibles, ni Simón Díaz, ni Aldemaro Romero, ni Oscar D’ León, ni Ensamble Gurrufio o cualquiera de las agrupaciones que trabajan con ritmos tradicionales o modernos. Ese apartado, exclusivo para la música venezolana, tampoco está en el aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía, el punto de intersección por el que seguramente pasan montones de melómanos que quieren saber qué se toca en ese país gobernado por ese individuo tan pintoresco y retrógrado.

El cuatrista Cheo Hurtado, miembro de Ensamble Gurrufío (desde su formación en 1984) generalmente bromea con sarcasmo cuando se refiere a los esfuerzos que realizan los artistas venezolanos para obtener tres lochas en apoyo a sus propuestas. La Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión les dio espacio en la parrilla de programación, pero incluyó un asterisco gigante para la música que se hace con arpa, cuatro y maraca, y resulta que la música llanera no es la música venezolana. Y esto lo digo, casi como un grito de desesperación, de esos que vienen desde las visceras: la música llanera es parte del gran abanico de posibilidades que representa la música venezolana. A ellos, al Ministerio de Cultura y los organismos adscritos, les muestro los pulgares señalando el suelo, (y por qué no el dedo medio, solito, apuntando hacia el cielo).

El nivel de expresividad y sofisticación de la música popular venezolana y otros exponentes de World music, salsa y obras impregnadas de jazz que se están subiendo a pequeños escenarios en teatros y bares del país, es digna de elogios, premios, y todo lo que eso trae consigo, inclusive proyección internacional. Los discos recientes de Ensamble Gurrufío, los nuevos de César Orozco, Alfredo Naranjo, el que grabó El Cuarteto en directo con Clara Rodríguez, el trabajo del ensamble de Trompetas (integrado por miembros de la Sinfónica Simón Bolívar), el disco de maraquero Juan Ernesto Laya, los del contrabajista Gonzalo Teppa, el saxofonista Pablo Gil y el pianista Gerry Weil, los clásicos de Aquiles Báez y los trabajos del colectivo Movida Acústica Urbana, en conjunto y por separado, dan para completar un catálogo respetable que me gustaría ver en las principales capitales de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. Pero, claro está, confieso que primero quisiera verlo en Maiquetía.

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